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Historia: Francisco Pizarro


Francisco Pizarro

Conquistador del Perú

 

IV. Primeras expediciones por el sur.

El 24 de noviembre de 1524, Pizarro partió de Panamá con una centena de hombres rumbo al sur. Navegó entre el golfo de San Miguel y el Archipiélago de las Perlas, dirigiéndose hacia Puerto Piñas, último límite alcanzado por Andagoya. Penetró en las tierras remontando el río Biru, pero no encontró más que tierras inhospitalarias.

De acuerdo son sus hombres decidió proseguir la expedición más al sur. Todo a lo largo de la costa una vegetación densa e inextricable les impidió desembarcar. Los víveres comenzaban a faltar, el navío soportaba tempestades. Al fin encontraron una costa más acogedora donde pudieron desembarcar.

Pero si la costa parecía hospitalaria, los españoles no encontraron más que desolación a medida que penetraban en el interior de esas tierras. Los hombres estaban desanimados y hambrientos. Sin ninguna otra posibilidad, enviaron al mar al único navío, bajo el mando del capitán Montenegro, en busca de socorro.

Pero el navío se perdió haciendo ruta hacia el norte, camino del archipiélago de las Perlas, donde pensaban encontrar víveres. Durante este tiempo, Pizarro y el resto de los hombres esperaban en el lugar en una situación deplorable. Una veintena de hombres murieron de hambre mientras que los otros intentaban sobrevivir alimentándose de raíces y frutos del mar. Pizarro salía en busca de alimentos, ayudaba a los enfermos y enterraba los muertos.

En el momento en que todo parecía perdido, los españoles percibieron una hoguera. Esta tierra estaba habitada! A golpes de hacha, abrieron un camino hacia esta fuente de luz. Después de muchos esfuerzos llegaron a una villa abandonada por los indios que habían huído advirtiendo la presencia de los extranjeros. Pero habían dejado víveres y algunos objetos de oro.

Poco a poco los españoles lograron entrar en contacto con los tímidos indígenas que regresaron a la villa.

Fueron sólo varios días después que Montenegro hizo su aparición en la costa. Su retorno era esperado con impaciencia porque sin su navío la expedición no podía proseguirse.

Sin aventurarse mucho el navío continuó bordeando las costas. Llegando a Candelaria, los españoles descubrieron algo que los horrorizó: Examinando el contenido de unas marmitas vieron pies y manos de seres humanos. Delante de tal espectáculo prefirieron reprender la mar en medio de una tempestad.

Desembarcando en Punta Quemada, los españoles encontraron una vez más una villa abandonada. Cada vez, los indios huían a la llegada de estos seres extraños. Los españoles decidieron explorar más estas tierras, pero una lluvia de flechas cayó sobre ellos y no llegaron a repeler a los indios sino después de numerosas dificultades.

La situación era peligrosa y no era cuestión de ir más lejos con el navío dañado por las tempestades.

Pizarro reunió sus capitanes en consejo a fin de tomar una decisión. Lo más sabio sería regresar a Panamá y organizar una nueva expedición con el oro encontrado en estas tierras. Pizarro dio entonces la orden de retomar la ruta hacia el norte. Pero no quería hacer su informe al gobernador Pedrarias y decidió desembarcar con la mayor parte de sus hombres en la región de Chicama, dejando al navío alcanzar Panamá con un puñado de soldados.

Entretanto, Diego de Almagro dejó el puerto de Panamá con la misión de encontrar la expedición de Pizarro. Atracó sobre las tierras ya visitadas por sus predecesores y debió afrontar a los indios vueltos aún más belicosos. En el transcurso de una de estas batallas Almagro perdió un ojo, pero eso no le impidió continuar su ruta hacia el sur.

Cerca del río San Juan los españoles observaron huellas de una civilización evolucionada, pero preocupados por la suerte de Pizarro no se retrasaron, y la expedición retomó el rumbo al norte y encontró por fin a este último y sus hombres en Chicama.

Almagro marchó de nuevo enseguida a Panamá para buscar refuerzos que obtuvo con dificultades gracias al talento de diplomático del padre Luque quien logró convencer a Pedrarias.

El 10 de marzo de 1526, los acuerdos entre los expedicionarios y el gobernador se firmaron. Almagro y Pizarro podían retomar la mar con dos navíos, 160 hombres y perros de guerra. Su primer piloto era el muy experimentado Bartolomé Ruíz. Fue a partir del río San Juan, último lugar descubierto por Almagro, que los españoles iban a retomar su aventura.

En el interior de esas tierras descubrieron un rico tesoro. Con esta fortuna decidieron hacer venir refuerzos. Una vez más fue a Almagro que tocó esta tarea.

Pero durante su ausencia, Pizarro no quedó inactivo. Partió en reconocimiento abriéndose paso en la jungla espesa y hostil.

Durante este tiempo, Bartolomé Ruiz exploró la costa sur. Descubrió la isla del Gallo pero los indígenas lo recibieron con hostilidad. Prosiguió entonces hasta la bahía de San Mateo. A medida que la expedición progresaba los españoles podían observar una población cada vez más densa y mucho mejor organizada. Pero no pensaban en desembarcar.

El navío se aproximó a una canoa indígena y sus ocupantes les confirmaron la existencia de una rica civilización más al sur, en Tumbes. Bartolomé Ruiz hizo embarcar algunos de estos indígenas y se reunió con Pizarro cerca del río San Juan.

Almagro regresó igualmente con 180 hombres de refuerzo y la noticia del cambio de gobernador en Panamá. Pedro de los Ríos venía a reemplazar a Pedrarias y se mostraba más entusiasta hacia la expedición de Pizarro.

Ellos partieron nuevamente entonces hacia el sur, pero las tempestades los obligaron a refugiarse en la isla del Gallo. Repararon los navíos y retomaron la mar quince días más tarde para desembarcar en la costa de Atacames. El oro y las esmeraldas abundaban. Pero los indios, muy bien organizados militarmente, se mostraban amenazantes. A pesar de sus refuerzos, Pizarro juzgaba sus tropas poco numerosas para afrontar al enemigo. Partieron de la isla del Gallo, de donde Almagro estará encargado una vez más de traer refuerzos.

V. Los "Trece" de la isla del Gallo.

Pero el descontento comenzaba a ganar a los hombres. Almagro, de regreso en Panamá, no llegó a reclutar otros hombres, y el gobernador decidió enviar una expedición para recuperar a aquellos que permanecían en la isla del Gallo. El mando del navío fue confiado a Juan Tafur.

La llegada de este último a la isla del Gallo provocó la alegría de los expedicionarios desesperados. Tafur no impuso a nadie regresar a Panamá, pero la gran mayoría ya se había hecho a la idea.

Fue entonces que Pizarro se mostró valiente. En medio de sus hombres dio un paso adelante. Con su espada, de un gesto arrogante, trazó una línea sobre la arena de este a oeste. Indicando el sur, declaró: "Camaradas y amigos, de este lado se encuentran la muerte, las penas y el hambre". Después indicó el norte, pisándolo: "Del otro, el placer. Sean testigos de que he sido el primero en la necesidad, el primero en el ataque y el último en la retirada. De este lado se va a España, permaneciendo pobre. Del otro lado, hacia el Perú para volverse rico y llevar la palabra de Cristo. Ustedes eligen".

Pizarro franqueó entonces primero la línea hacia el sur, seguido de 13 de sus hombres. Los otros embarcaron con Tafur.

La isla del Gallo no era hospitalaria y los 13 hombres que quedaron en tierra vieron muy rápidamente sus víveres disminuir. durante siete meses iban a vivir en una condición muy precaria esperando los refuerzos que Almagro y Bartolomé Ruiz habían partido a buscar a Panamá.

Una noche, un navío apareció en el horizonte. Bartolomé Ruiz llegó con refuerzos. Los trece hombres embarcaron sobre el navío que puso rumbo al sur. Después de 13 semanas de navegación, llegaron al Golfo de Guayaquil. Los españoles desembarcaron en la isla de Santa Elena y pudieron contemplar la ciudad de Tumbes separada por un brazo del mar.

Era una ciudad con numerosos templos y una fortaleza para defenderla. el puerto estaba cerrado por una puerta. Pizarro no se arriesgó a penetrar. Se contentó de colectar noticias de las cuales ciertas daban cuenta de una guerra civil que dividía el gran Imperio.

Pero Pizarro comprendía que sus fuerzas eran ridículas frente a este poderoso imperio y decidió regresar a Panamá. Sobre la ruta del norte hizo embarcar unos jóvenes indios, bautizados Felipillo y Martinillo, quienes jugaron el rol de intérpretes.

Su llegada, mientras que se los creía perdidos, alegró a Panamá. Regresaban triunfantes con pruebas reales de la existencia de la tierra que todo el mundo buscaba. Pero el gobernador Pedro de los Ríos no quería dejarse convencer. Almagro y Luque pidieron entonces a Pizarro de ir a ver al rey.

Pizarro embarca en la primavera de 1528 para España.

Carlos Quinto lo recibió cordialmente y escuchó con atención los relatos increibles de Pizarro. Pero el rey estaba ocupado con otros problemas: Estaba a punto de hacerse coronar Gran Emperador del Santo Imperio Romano Germánico. Carlos Quinto lo envía al Gran Consejo Real de Indias. Fue la emperatriz Isabel quien firmó las Capitulaciones de la conquista del Perú el 26 de julio de 1529. Pizarro recibió los títulos de Gobernador y de Capitán General.

Pizarro se fue a Trujillo y llevó con él a sus hermanos Hernando, Juan y Gonzalo, así como a Francisco Martín de Alcántara. El 19 de enero de 1530 un navío emprendió la mar a fin de reunirse en Panamá con Diego de Almagro y el padre Luque.

VI. La Conquista del Perú.

Fue en los primeros días del año 1531 que Pizarro emprendió la mar con 180 hombres y 3 navíos. Almagro quedó en Panamá para reclutar otros hombres y completar el abastecimiento.

La flota se dirigió hacia Tumbes, pero el mal tiempo los obligó a desembarcar dos leguas más al norte.

Pizarro decidió continuar por tierra. En la región de Coaque, los españoles descubrieron riquezas en las ciudades abandonadas por los indios. Una parte del oro es enviado a Panamá a fin de acelerar el reclutamiento de refuerzos. Los tres navíos regresan a Panamá dejando a Pizarro y sus hombres sin ningún medio de comunicación con el mundo que han dejado.

Pero poco a poco los refuezos van a llegar. En medio de los recién llegados se encontraban capitanes que iban a ilustrarse en las conquistas futuras: Sebastián Benalcázar, Conquistador de Quito; Hernando de Soto, futuro explorador del Mississippi.

Sintiéndose suficientemente armado, Pizarro decidió por fin desembarcar en Tumbes, listo para conquistar el imperio Inca dividido por una guerra fratricida que oponía a los hijos del emperador difunto Huayna Capac, Huascar y Atahualpa.

En Tumbes los españoles no encontraron hostilidad por parte de los indios. Pero poco tiempo después cayeron en una emboscada: tres de ellos fueron hechos prisioneros y terminaron en una marmita. Gracias a la caballería los otros escapan de la muerte. Los indios huyeron ante estas estas extrañas criaturas, refugiándose en la selva. Tumbes fue abandonada por sus habitantes.

El 16 de mayo de 1532 Pizarro salió de la ciudad, dejando en el lugar un pequeño destacamento. Quiso explorar estas tierras y encontrar un entorno ideal para fundar una ciudad que le sirviera de base para la conquista. Mientras que exploraba la costa, Hernando de Soto se dirigió hacia las montañas.

Al cabo de tres o cuatro semanas, a treinta leguas al sur de Tumbes, en el valle de Tangara, los españoles fundaron San Miguel, la primera ciudad hispánica del Perú.

Después de haber organizado la ciudad, los españoles partieron en la búsqueda del Inca en el mes de septiembre de 1532. Ciento setenta hombres atravezaron tierras ricas que probaban la existencia de un pueblo trabajador y técnicamente avanzado.

Los indios se mostraban dóciles y ofrecían su colaboración a Pizarro para luchar contra Atahualpa, el usurpador.

Hernando de Soto partió en expedición y regresó 8 días más tarde en compañía de un embajador de Atahualpa, encargado de conocer las intenciones de los españoles.

Después de haber atravezado Lambayeque y Chiclayo, los españoles lucharon de nuevo contra los indios. Uno de ellos es tomado prisionero y aceptó servir de espía. A su regreso, Pizarro supo que Atahualpa se encontraba en Cajamarca a la cabeza de una gran armada.

Pizarro decidió ir a Cajamarca y emprendió con sus hombres la difícil ascensión de los Andes. La vegetación se hizo más rara, el frío más amenazante. Los españoles sufrían del mal de las montañas, el Soroche, y manifestaban dificultades para respirar. Un ataque en estas condiciones sería catastrófico para los españoles.

Pero Atahualpa no intentó nada contra ellos, estimando que este puñado de hombres tal vez no sería peligroso frente a su armada invencible.

Una vez llegados a la cima, los españoles recibieron a los embajadores del Inca que les ofrecieron presentes. Pizarro y su tropa descendieron entonces hacia el valle de Cajamarca al que divisaron al cabo de siete días.

El 15 de noviembre de 1532, después de haber dividido sus hombres en tres compañías, Pizarro avanzó hasta el centro de Cajamarca.

La ciudad parecía dormida o abandonada. Pizarro envió a Hernando de Soto hasta el campamento del Inca. Soto fue recibido por Atahualpa. Pizarro se les unió. Al momento de partir, Hernando de Soto hizo encabritar su caballo. Algunos soldados de Atahualpa sintieron miedo. Después de la partida de los españoles los miedosos fueron ejecutados.

Caída la noche, se podía observar un gran número de fogatas que testificaban la importancia de la armada del inca. Ciertos españoles sintieron miedo, pero Pizarro intentó tranquilizarlos, dobló la guardia y estudió con sus capitanes el plan de operación del día siguiente.

Al amanecer, las tropas españolas se repartieron alrededor de Cajamarca. El emperador Atahualpa hizo su entrada en la ciudad sobre un palanquín dorado, llevado a espaldas de hombre, en medio de su poderosa armada. Llegado a la plaza de la ciudad, Fray Vicente de Valverde blandió frente al emperador una biblia, le habló de un dios único, de su representante en la tierra, el Papa, quien concedió al rey de Castilla Carlos Quinto estas tierras para una misión evangélica. Después le pidió al Inca reconocer esta soberanía. Pero el Inca le preguntó de dónde tomó esas palabras. El hermano Vicente le respondió que estaban en ese libro, tendiéndole la biblia. Atahualpa la tomó, la llevó a su oído y no oyendo nada la tiró al suelo.

El Hermano Vicente Valverde gritó al sacrílego. Era el momento que esperaban los españoles para salir de su escondite, atacando a la armada inca por sorpresa. Fue un ataque breve, durante el cual Pizarro puso a cubierto al emperador. La armada india intentó huir pero los españoles la persiguieron, dejando alrededor de dos mil muertos en menos de media hora.


Pizarro - 3ra parte





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